Testimonio de Mey Montero

2 diciembre 2019

Comienza a chispear en la bajada a las piscinas de hadas.

Nuestras piernas parecen salpicadas de metralla y los estómagos se retuercen en un rincón de nuestro vientre.

Caminamos con piel bajo las uñas de arañar los picores, y con restos entre los dientes del risotto que ayer no pudimos fregar.

Al cerrar los ojos, se escucha el repicar de la lluvia contra el impermeable, chorreando por el pelo, surcando ríos en los pómulos, el frío calando los huesos.

La neblina brota de la cima y se derrama ladera abajo hasta las piscinas más de midges que de hadas.

Al detenernos frente a la montaña, con el fango hasta los tobillos, nos preguntamos qué hacemos allí, si solo somos greñas de heridas sucias.

La montaña decide mostrárnoslo.

Hay cables colgando del techo del bus como dispensadores de suero y cabezas dormidas rebotando contra la vibración del autobús. Huele a cigarros mojados y calcetines enlodados, que penden de las baldas de las mochilas.

Una moneda que al cambiar de mano, resbala al filo de las confesiones y las risas tímidas. Un buff enredado en la muñeca.

Seis hierros que se hunden en la tierra, varillas mojadas y una cremallera chorreante. Una conversación cuando el sol se funde en el horizonte y noventa manos en una cadena humana cuando éste se levanta.

Caminar, y la mirada fija en las piedras.

Caminar, dando manotazos a los helechos.

Caminar, con las lumbares cargadas.

Hay un mapa con la fuga rodeada, garrapatas abrasando la piel y caras ásperas por las picaduras.

Otra conversación, esta vez bajo las constelaciones y hundiendo la crisma en la tierra.

Hemos vivido llanto.

Y hemos sido euforia en su más pura esencia. Risas destiladas bajo la ventanilla del conductor. Confesiones en una carta firmada con la voz de Fif.

Bendito aquel pogo en el campo de fútbol, mientras un escocés malhumorado con su perro trataba en vano de barrer nuestra alegría como si fuera mala hierba.

El sentido del compartir. Comprar un paquete y disfrutar compartiendo cada galleta con cada cara chupada. Comerse la manzana hasta el corazón.

Cerveza negra y Kiko tocando la guitarra en el camping. Rebe y Álvaro canalizando las espaldas cargadas. Un coro de voces desgarrándose hasta las lágrimas en el pub el día 2. Apoyar la cabeza en tu amigo, aquel que no conocías hace tres semanas y con el que ya has bebido jarras de amor. Cantemos hasta caer rendidos y sigamos caminando con resaca. Achuchones matutinos. Tortitas. Huevos fritos con pan. Una hoguera. Íñigo tocando la gaita frente a un paisaje que parece ser Urano.

Hemos vivido tiempo supurado de Julio cuando todavía sentimos el beso de nuestra madre al salir por la puerta con la casa cargada sobre los hombros.

Que Miguel no mentía cuando en su taller de física afirmaba que para los que se mueven, los que viajan, el tiempo pasa más rápido.

Porque para nosotros, en una hora sentados frente a esta montaña, coronamos a Robert de Bruce y compartimos la rabia de William Wallace; naufragamos en una isla, luchamos contra vikingos y limpiamos las armaduras tras la revuelta jacobita.

En dos días estamos en casa. ¿En casa…?

Pero nuestra casa ya no está bajo un techo. Está en las orillas de un río, en los atardeceres magenta, sobre una manzana con complejo de piedra, en el jardín de Jeff.

Está en este valle, frente a esta montaña erosionada que nos narra las leyendas del viejo mundo.

Sigue cayendo la lluvia y los 120 impermeables se abrazan.

Un abrazo lento y puro como los aprendidos de Jefferson.

Dulce de leche envolviendo los cuerpos.

Un abrazo para proteger, cuidar, amar.
Un abrazo colectivo que petrifica los cuerpos y los planta en la hierba como piquetas. Ahora no somos 120 dólmenes dispuestos en círculo. Ahora somos solo uno, solo un crómlech por siempre con el alma clavado en las Highlands.

Se dice que los cromlechs tenían función solar, así que ahora los veranos comenzarán el 13 de julio, buscando el sol, buscando a Inti.