Reflexión de Paula Arroyo Montes

19 julio 2014
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Crónica escrita por la expedicionaria Paula Arroyo Montes

Nuestra jornada empezó a las 5:20 de la mañana, el tiempo para desayunar y arreglarnos era reducido y, sin embargo, el cansancio y la constelación de picaduras de bichos que recorren mis piernas cada vez es mayor.

Llegamos a Córdoba sobre las 10 y la primera visita que realizamos fue a las ruinas de Medina Al-Zahra, un claro símbolo de la legitimidad de Abderramán III, donde podíamos percibir esbozos del esplendor de aquella civilización. Después nos dirigimos al museo de Medonat Al-Zahra, donde hemos podido vislumbrar, gracias a una proyección, cómo se vivía en aquella ciudad. Continuamos nuestra travesía dirigiéndonos al museo arqueológico de Córdoba, para visitar la más insigne y emblemática de las construcciones cordobesas: la Mezquita. Los rojos, blancos y beiges en sus diferentes gamas cromáticas y la delicadeza de los trazos, son algunos de los puntos a destacar. Es realmente asombrosa la capacidad del hombre para crear cosas bellas.

En un pequeño patio cordobés los “inteños” nos colamos, para aprender de un artesano, la magia del trabajo del cuero. Y si al principio del día comenzaba cansada, cierro la jornada recapacitando acerca del valor de la paciencia, del esfuerzo, de la valentía y de la importancia del trabajo en equipo para superar los problemas. Todo gracias a Clement, un camerunés que con diecisiete años abandonó su país para poder vivir en mejores condiciones, sin imaginar que tardaría un año en llegar a España y que, después de todos los problemas y dificultades, la historia no acabaría ahí. Jamás llegamos a imaginar lo que las personas llegan a sufrir y pelear por vivir mejor, por conseguir sus sueños.

Llevamos solo nueve días, pero tengo claro que estoy aprendiendo y aprenderé más de lo que nunca podría imaginar y, pese a las dificultades (que son mínimas), está mereciendo (y mucho) la pena.