Crónica día 2: 18 de Julio

19 julio 2015
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La expedición amanece apaciblemente, con la motivación propia del que echa a andar en dirección desconocida. Se escuchan el plegar de esterillas, el choque de utensilios de campaña. El desayuno se sirve afuera, sentados sobre el camino asfaltado. Las conversaciones de lo expedicionarios se camuflan con una música apagada, como llegada de lejos. Los músicos de la Ruta amenizan nuestras primeras horas de la mañana.

El sol golpea ya las calles empedradas. El verano pesa, caliente y mojado. La expedición abandona el campamento para visitar Buitrago del Lozoya, un pueblo nacido de dos complejas realidades, dos culturas en permanente conflicto.

Enclave estratégico para el emirato dependiente de Damasco durante el s. IX, recuperado por las huestes cristianas dos siglos después, Buitrago se alza, protegido por las aguas de su río, siempre inconquistable. Su historia de enfrentamiento reside en sus murallas, en sus armas de asedio, en sus fosos ya invadidos por construcciones modernas. Entre todo ello, un deje de tolerancia reposa en la vieja Iglesia del pueblo, con inscripciones dedicadas a las tres grandes religiones.

La mañana termina y la expedición, a la sombra del castillo, recibe su primera conferencia: “El diario de viajes”, impartida por nuestro pintor Erick Miraval y Antonio Muñoz, profesor de sociología de la UCM. En este coloquio, la palabra diario se transforma en un camino de retroceso, en la salvación propia frente al tiempo y la vida, en un acto de sinceridad y descubrimiento. Los expedicionarios agradecen este momento único. Se siente esa sinergía colectiva de la que nacen las grandes transformaciones. Una identidad de grupo comienza a tomar forma, pese a que ayer la expedición era un paisaje discontinuo, archipiélagos aislados.

La tarde es ajetreada. Los expedicionarios se desplazan a la residencia de ancianos para llevar a cabo un voluntariado, el primero de los que recoge el itinerario de la expedición. La emoción es tal que las lágrimas empañan los rostros de ancianos y miembros de la expedición.

Qué profundo es todo choche generacional, qué enriquecedor, de qué manera estos permiten abrirle a uno su visión sobre la vida, su perspectiva histórica, sin cruzar frontera alguna más allá que la del tiempo.

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Nada más regresar al campamento, se organiza un rotativo de talleres que permita definir el espacio (teatro, pintura, historia y antropología) en el que los expedicionarios profundizarán las próximas semanas. Serán lugares de encuentro, de aprendizaje, de intercambio. Un hilo conductor a lo largo de esta aventura.

Tras la cena, la noche sorprende a la expedición y el cansancio aparece ya en forma de tímidos bostezos. Algunos expedicionarios charlan afuera, donde el suave viento mece a las estrellas. Cuando las luces se apagan, y sólo algunos valientes, ávidos de palabras, esperan a que el sueño termine por vencerles, abandono el cuaderno.


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