Crónica del día 20: 5 de agosto.

6 agosto 2015
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Por Marina Díaz:

Comenzaba un día que según el director sería uno de los más “tranquilos” de la ruta, ya que no estaríamos ocupadísimos con cientos de actividades cada segundo del día.

Para la mayoría de ruteros, empezaba una mañana pausada, pero a mí me hizo saltar de la cama la idea de que en una escasa hora daría comenzaría el taller que impartiríamos Paula, Carlos y yo. Nervios y ganas, nervios y ganas…

Nuestro taller trataba sobre especismo y antiespecismo, un tema bastante controvertidos. ¿Cómo iban a reaccionar nuestros compañeros?. Acabó el taller con gran variedad de opiniones , y como siempre sucede en este tipo de reuniones, todos tuvimos la oportunidad de hablar y expresar nuestra visión, de poder hacernos un poco más grandes al comprender y compartir la realidad del otro. Sólo puedo agradecer a la ruta y a todos mis compañeros la oportunidad que se nos dio.

Acto seguido, salimos del pabellón, y nos dieron una pequeña lista con palabras griegas para hacer la compra de cocina de hoy. La idea era la de sólo utilizar la lengua griega. Se nos separó en pequeños equipos de trabajo y, lista en mano, nos adentramos en el pueblo para hacer las oportunas adquisiciones.

Para mí, la experiencia fue realmente buena: nuestros compañeros de cocina tendrían por fin un merecidísimo descanso, nosotros hablamos con los tenderos, lo cual fue bastante divertido, y nos pusimos a prueba, ya que teníamos que adecuarnos al presupuesto.

Al acabar, esperamos a los que se habían apuntado a un torneo local de baloncesto, y nos fuimos de visita cultural. Subimos al castillo, y comprobamos que Lepanto es tan bonito desde arriba como lo es a pie de calle: ¡qué agua más clara!, ¡qué muralla!, ¡qué vistas!. Y la orilla del mar… se veía con muchísima claridad.

Ya por la tarde, y tras una sesión de talleres, pudimos ir a la playa. Primer baño en el Adriático, flotar en ese agua tan azul, a pies de la montaña llena de casas blancas… simplemente fue mágico.

El tiempo libre se alargó, y tras la cena se volvió a la playa, donde el sonido de la guitarra se entremezclo con el de las olas del mar. Allí, al abrigo de la noche, acabo nuestro día.