17 de julio. Día 4: Tihuanaco

20 julio 2018

La Paz. Nos despertamos a las cinco de la mañana, en plena noche, para iniciar nuestra ruta. Combatimos el frío, el cansancio y los problemas digestivos en largas colas de baño en las primeras horas del día. A la hora del amanecer emprendemos camino a Tiwanaku. Con el suelo de los asientos y los pasillos abarrotados de mochilas, aprovechamos el viaje para conocernos un poco más: nos contamos historias, gastamos bromas y hacemos el idiota.

En torno a las diez de la mañana llegamos a Tiwanaku, la antigua ciudad preincaica. Al bajar del autobús cuesta creer que fuera la capital de un gran imperio hace siglos porque la primera impresión es un valle extensísimo de vegetación seca rodeado de montañas. Poco después iniciamos el recorrido por las ruinas de Tiwanaku, todas ellas antiguos templos. Entre los restos arqueológicos destaca la Puerta del Sol, una escultura de más de dos metros que representa el calendario. Por el aspecto de las ruinas, da la sensación de que los templos quedaron a medio terminar.

Poco después comemos unos bocadillos en el autobús y nos dirigimos hacia la frontera desde donde ya podemos ver los primeros azules del Titicaca. Tras los agobiantes y aburridos procesos burocráticos entre dos ciudades donde la gente transporta mercancías en bicicletas, cambiamos los autobuses y ponemos rumbo a Puno. Seguimos aprovechando los largos trayectos de autobús para conocernos entre nosotros. Al llegar a Puno, bajo la tenue luz de las estrellas, cogemos un barco en dirección a unas islas de las que hemos oído hablar. Pero al llegar allí pasa lo inesperado. En mitad de la oscuridad empezamos a oír música de flautas y tambores. Descendemos en la isla. Cuando me hablaron de ella no imaginé que fuera así. Era una isla flotante hecha de unas plantas de caña llamadas totoras. Las familias de esta isla (isla de Uros) nos habían preparado una fiesta. Nos vistieron con sus trajes tradicionales y bailamos durante horas sobre el suelo de totoras y bajo el cielo de las estrellas.

Horas más tarde cenamos y estrenamos las tiendas de campaña. Apagamos el frontal que hace de lámpara y vamos a dormir. Mañana nos espera un día de convivencia con el pueblo de los Uros.

Pablo López Pellicer