Reflexión de Ignacio Vázquez

14 septiembre 2018

Han pasado ya más de 20 días desde que terminó la ruta, pero aún ahora sigo teniendo la mente en todo lo vivido durante ese mes por Sudamérica. A medida que la gente me pregunta por las experiencias del viaje contesto de manera repetitiva las mismas cosas que allí viví como cotidianas a pesar de su excepcionalidad, los bailes bajo las estrellas en las islas flotantes de los Uros, los trayectos en lancha remontando el trayecto del río Amazonas, adentrarnos en la selva a golpe de machete, comer literalmente de todo (serpientes, caimanes, termitas…), convivir con comunidades indígenas y  muchas más cosas excepcionales que se convertían en nuestro día a día haciéndonos vivir una falsa rutina rodeada de las vivencias más extraordinarias que se puedan experimentar.

Todo, por exótico que suene, me resulta imposible de transmitir mediante palabras ya que estas son incapaces de transmitir las sensaciones que acompañaban cada momento, porque, cómo hablar de algo que de tan intenso que ha sido ha transcendido lo real para dejar la impresión de que todo fue un sueño, un sueño en que nos convertimos en exploradores adentrándonos en los lugares más codiciados para visitar y persiguiendo aquello que escapaba a nuestra comprensión.

No sé cómo expresarlo para que los demás lo entiendan, lo que sí sé es que me vuelvo con un sueño cumplido, conociendo las realidades más profundas de América Latina, habiendo hablado, bailado y convivido con su gente, visitado los lugares más espectaculares que haya podido imaginar jamás, perderme por una de las Siete Maravillas del Mundo y hacer de una de las selvas más hostiles del mundo un pequeño hogar.

Todo lo que viví se queda corto cuando quiero divulgarlo, pero el recuerdo es demasiado grande como para olvidarlo. Lo más complicado ahora es retomar el hilo de la vida cotidiana, tengo miedo de llegar a olvidar todo lo aprendido y sobre todo lo desaprendido en ese mes, pero sé que cada vez que coja mi macuto o mire al machete que ahora está colgado en mi habitación reviviré todo y volveré a ser esa persona libre y sencilla que fui durante la Ruta.

Escribo esto a las 3:30 de la madrugada ya desde mi casa, me voy a dormir, no es necesario usar mi saco ni mi esterilla, lo cual aún me resulta extraño, solo espero que al despertar no me cueste diferenciar lo que fue un sueño de la realidad.