Reflexión final III

19 diciembre 2015
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Ruta Inti. Es imposible saber por donde empezar. Hasta ahora la mejor definición que he oído de la expedición es la de escuela itinerante. Es un lugar en el que cualquiera puede aportar, enseñar, abrirse y poner su grano de arena para formar una experiencia inolvidable. Obviamente esto suena a anuncio barato, a secta dedicada a la autoayuda. Pero, al fin y al cabo, es la única forma de describir con cierta objetividad esta ruta.

Tras la primera noche en Buitrago nos dirigimos al parque que hay dentro de la muralla para escuchar una conferencia sobre los diarios de viaje impartida por Antonio Muñoz y Erick Miraval. En el comienzo, el primero de los dos ponentes, mencionó varios conceptos que mantuve en mi mochila durante todo el viaje y que probablemente me acompañen durante muchos años. Habló sobre el cambio que se experimenta en cualquier viaje, sobre cómo la traslación que sufrimos, o disfrutamos, no es sólo espacial sino también interna. Un par de frases se quedaron grabadas a fuego en mi memoria: “¿Tiene retorno la experiencia?” “La autojustificación es un reguero de migas del que comen los animales.” “Hay que tener cuidado en las zonas limítrofes.”

Desde mi primer gran escape del nido, la famosísima Quetzal, siempre me preocupó la vuelta a casa. Sí, has roto las cadenas, has volado durante meses, has aprendido a pedir una cerveza en quince idiomas o te has enamorado al ver los mercados de carne marroquíes. ¿Pero ahora qué? Tendemos a retomar los vicios. Y no hablo del consumo de alcohol, la lujuria, la gula y otros tantos pecados que debemos reducir o abandonar. Hablo de mover la pierna con impaciencia mientras esperamos al metro, de apuntarnos a veinte cursos cortos y dos carreras, de que los amigos se conviertan en ocio. Lo más doloroso de un vuelo es tocar suelo. Justo por eso es importante saber tocarlo con suavidad y sin prisa. No vamos a ser los que éramos antes. No seremos nunca capaces de mirar a lo que éramos y vernos con claridad. El camino es siempre hacia adelante, por muchas subidas y curvas que tenga.

La Ruta Inti duele. Duele como cualquier viaje, como cualquier hijo (sobrino, en mi caso) que tienes que llevar de la mano durante 31 días, cuidando que no coja una gripe, y, de pronto, te abandona en la soledad de cuatro paredes pintadas de blanco.

Y, a pese a todo, lo que más deseo es volver. Es un proyecto en el que, como otros muchos amigos, creo ciegamente. En estos tiempos resulta corriente buscar un trabajo para poder sobrevivir a la crisis, para tener un coche y dos niños. Pero faltan proyectos reales. Proyectos de vida. Ideales materializados. La Ruta Inti es un viaje, sí. Pero es mucho más. Cualquier cosa puede pasar en un mes cuando aprovechas cada segundo.